Los grandes interrogantes

Los grandes interrogantes

¿Quién nos ha creado?

Tarde o temprano, en algún momento de nuestra vida, todos nos preguntamos “¿Quién nos ha creado?”  Y “¿para qué estamos en este mundo?”.

De hecho, podríamos preguntar “¿Quién creó todo este mundo?”;  Algunos hablan del Big Bang y la  evolución, mientras que otros hablamos de Dios.  Responder “No lo se” no resulta deseable, ya que si bien esta respuesta no implica negar la existencia de Dios, tampoco la afirma.

Ahora bien, examinemos brevemente la teoría del Big Bang; esta teoría, explica el origen del universo a partir de un pequeño núcleo original o nube de polvo primordial; pero no nos dice nada sobre el origen de esta nube de polvo primordial o sobre la causa ulterior detrás de estos fenómenos físicos que describe la teoría, que en definitiva, sólo menciona lo que ocurre con la materia y la energía, pero no puede explicar de dónde proviene estanube de polvo original, que además debió necesariamente contener toda la materia que conforma nuestra galaxia y de los billones de galaxias que existen en el universo conocido.  Y entonces, ¿de dónde proviene toda esta materia?  ¿Quién o qué creó esta nube de polvo primordial?

De manera similar, la teoría de la evolución intenta explicar el desarrollo de las especies mediante la clasificación de fósiles, pero no explica ni se pronuncia sobre el punto central de la vida humana: el alma.

Resulta evidente que quien estudie las ciencias de la naturaleza, la biología o la física, no tardará en notar que en el universo está la firma del Creador[1].  Ahora bien, que la gente decida negar o aceptar estas evidencias es otro asunto.  El punto es, si vemos una pintura, sabemos que hay un pintor, si vemos una escultura, sabemos que hay un escultor, si vemos una vasija, sabemos que hay un alfarero.  Entonces, cuando vemos la creación ¿porqué no deberíamos suponer que hay un Creador?

Considerar que el universo se formó a partir de una explosión y luego por una serie de causas aleatorias se llegó a un perfecto equilibrio, o que la selección natural es suficiente para que se desarrollen organismos tan complejos como los existentes, es igual a creer que si hacemos explotar muchas bombas en un campo vacío, tarde o temprano encontraremos que alguna de las explosiones colocará junto a nosotros un inmaculado Mercedes, es obvio que estas teorías no son más que el fruto de un ferviente deseo de encontrar una respuesta, y no mucho más que eso.

Resulta muy evidente que sin un principio ordenador, todos los complejos sistemas del universo degenerarían en el caos, sin embargo las teorías del big bang y la evolución, intentan presentar la idea opuesta, en otros términos, “del caos surge el orden y la perfección”.  Pero resulta más racional suponer que el big bang y la evolución pueden ser procesos controlados.  ¿Controlados por quién?  Evidentemente por Un Creador.

Existe un cuento árabe sobre un beduino que esperaba encontrar en el desierto un majestuoso palacio junto a un oasis.  Cuando alguien le preguntó cómo esperaba encontrar esto en un desierto estéril respondió que, obviamente, por las fuerzas de la naturaleza, el viento cortaría la piedra y la acomodaría en perfecto orden formando las paredes, cúpulas y torres, luego despojaría a las ovejas de su lana y tejería hermosos tapices y alfombras que el mismo viento se encargaría de colocar en la ubicación correcta en el recién construido palacio, de la misma forma el viento traería madera para las puertas y ventanas.  Además el viento fundiría la arena para producir cristales hermosos y perfectamente simétricos para las ventanas.  Todo el proceso tardaría millones de años y sólo ocurriría en un solo lugar de la tierra, y todo por meras coincidencias.

Lo grotesco de esta respuesta evidencia nuestro tema central, un palacio requiere un arquitecto, no coincidencias.  Entonces ¿a Qué o a Quién consideraremos Creador de este complejo universo y de nuestra propia compleja existencia?

Un argumento clásico de los ateos, es observar las supuestas imperfecciones en la creación.  Argumentan: “¿Cómo puede existir un Dios si ocurre esto y aquello?”.  Este discurso hace referencia desde los desastres naturales hasta los defectos de nacimiento, desde un genocidio al cáncer de la abuela.  Sin embargo este razonamiento es un sofisma, ya que implica creer que la creación necesariamente debe ser perfecta, que si existe un Creador, necesariamente hubiera hecho nuestras vidas perfectas y hubiese establecido una perfecta justicia en la tierra.

Mmm… parece un argumento muy poco convincente.  ¿Hay otra opción?

Nosotros simplemente diremos que Dios no diseñó la vida en esta tierra para que sea perfecta, sin embargo, sabemos que existe un premio o un castigo por nuestras obras, en la otra vida, y que en el día del juicio Dios evidenciará la perfecta justicia.  En apoyo a esta postura podemos mencionar que los rectos y virtuosos muchas veces sufren injusticias en este mundo: ¿qué podemos decir sobre los profetas?,  ¿y cómo pretendemos alcanzar el paraíso, sino manteniéndonos firmes en nuestra fe frente a las adversidades de la vida?

Siguiendo esta línea de razonamiento, espero que por lo menos lleguemos a un acuerdo acerca del primer “gran interrogante”.  ¿Estamos por lo menos de acuerdo que si nosotros somos creación, Dios es el creador?

Si no consideramos, a pesar de razonar, que Dios es efectivamente El Creador, no tiene sentido continuar razonando, si por el contrario, has llegado a la conclusión de que es Dios El Creador, podemos continuar con la segunda de estas grandes preguntas ¿por qué fuimos creados?.  O, en otras palabras ¿Cuál es el propósito de nuestra vida?

 

El propósito de la vida

La primera pregunta que nos planteamos y respondimos en el artículo anterior fue ¿Quién nos ha creado?  Y concluimos, espero que estéis de acuerdo, que el Creador es Dios.  Así como nosotros somos creación, Dios es El Creador.

Ahora es el turno de nuestra segunda gran pregunta ¿para qué estamos aquí?

¿Cuál es el objetivo de estar en este mundo?  ¿Hacerse rico y famoso?  ¿Tener hijos o hacer música?

Resulta evidente que al morir, resulta inútil haber logrado ser rico.

Evidentemente este no puede ser el objetivo de nuestro paso por esta vida, pues aunque viviera en una caverna, de la manera más sencilla, el hombre se rodea de cosas que fabrica con su trabajo, ¿para qué hacemos estas cosas?; evidentemente cada una de ellas nos brinda un servicio.  Fabricamos estas cosas para que nos sirvan; trasladando esto a nuestro tema ¿nos ha creado Dios para servirlo?

De hecho, el objetivo de nuestra existencia es servir a Dios, este mensaje lo recibimos en los libros sagrados, de mano de los profetas; y donde se expresa con mayor claridad es en el Sagrado Corán, el Libro Sagrado del Islam:

“No he creado a los genios y a los hombres sino para que me adoren” (Corán 51:56)

Esto nos lleva inmediatamente a cuestionarnos otro asunto, si en su inmenso conocimiento, Dios nos creó para servirlo ¿cómo lo serviremos?  Sin dudas esta pregunta debe ser respondida por quien nos ha creado; solamente Dios puede decirnos de que manera debemos servirlo y así lograr el objetivo de nuestra vida.  ¿De qué otra manera podríamos saber cómo alcanzar el éxito en este asunto?  ¿Cómo sabríamos qué es lo que Dios espera de nosotros?

Ahora bien, Dios nos ha dado una luz así como ha dispuesto que en cierta forma las estrellas visibles en el firmamento resultaran útiles a los navegantes para orientarse.  Dios ha dotado a los animales de instintos particulares acorde a sus necesidades, algunas aves, emigran en determinadas épocas del año, y aún si el día está nublado, saben a donde dirigirse por el reflejo de la luz solar en las nubes, las ballenas también se desplazan de manera similar sintiendo los campos magnéticos de la tierra, los salmones, regresan desde el mar abierto a los ríos para desovar, y lo hacen exactamente al mismo lugar donde nacieron, los delfines de río y otros seres son prácticamente ciegos, sin embargo, pueden ver con un sentido de sonar.  Algunos organismos marinos, como las anguilas eléctricas son capaces de generar y percibir campos eléctricos de manera tal que se pueden mover en las oscuras profundidades del océano; algunos insectos se comunican liberando ciertas sustancias químicas, de manera tan perfecta que marcan el sendero al alimento y de regreso a su hogar para sus congéneres; incluso las plantas se orientan creciendo de manera que alcancen la luz solar que requieran.  Dios ha dotado a cada ser de su creación con guía.  ¿Resultaría lógico creer que Dios no nos ha dado una guía en el aspecto más importante de nuestra existencia, nuestra raison d’etre, nuestra razón de ser.  ¿Acaso Él nos habría dejado solos, sin herramientas para alcanzar nuestra salvación?

La respuesta es, por supuesto, no, y he aquí, la revelación.

Meditemos lo siguiente: cada producto tiene sus características y reglas, a mayor complejidad del producto, mayor complejidad de carácteres y reglas; cada fabricante provee manuales para el uso correcto de sus productos.  Típicamente, estos manuales comienzan por los cuidados necesarios y las advertencias sobre el uso inapropiado del producto, pasando luego a explicar los beneficios del uso correcto y cómo corregir los posibles inconvenientes para lograr un uso adecuado.

¿Por qué sería diferente en la revelación?

La revelación nos dice que no hacer, que hacer y cómo hacerlo.  Nos muestra nuestras deficiencias y como corregirlas.  La revelación es el gran manual del hombre, que nos dice cómo lograr nuestro buen funcionamiento y alcanzar los objetivos para los que fuimos creados.

En nuestra vida cotidiana utilizamos artefactos, que si cumplen con los fines para los cuales fueron fabricados, consideramos exitosos.  Pero cuando un artefacto no cumple la función para la cual fue fabricado, lo reparamos o lo reciclamos.  En otras palabras el artefacto en cuestión es destruido, y de pronto este razonamiento se torna muy serio, ya que el artefacto en cuestión aquí somos nosotros, la creación.

Pero hagamos una pausa y consideremos cómo actuamos con los artículos que llenan nuestras vidas.  Mientras hagan lo que esperamos y deseamos que hagan, estamos contentos con ellos.  Pero cuando dejan de servirnos, generalmente nos libramos de ellos.  Algunos se devuelven a la tienda donde los adquirimos, a otros los damos en caridad, pero de una manera u otra todos terminan descartados, destruidos, enterrados o quemados.

De manera análoga, un empleado que se niega a cumplir con su trabajo, inevitablemente termina por ser despedido.

Ahora pensemos un instante en esto, en este mundo, las cosas que no cumplen su función no terminan bien.  Quien considere que los ejemplos de esta vida pueden ser transpolados al campo de la religión podría pasar todo el día elaborando ideas en torno a esto.

Sin embargo, no debemos descartar este ejemplo, ¿no están el nuevo y el antiguo testamento repletos de analogías?  Y ¿no hablaba Jesús con parábolas?

Entonces, tal vez debamos tomar estos ejemplos con seriedad.

Sí, sin duda debemos tomar estos ejemplos seriamente.  Es evidente que los castigos y el tormento del fuego infernal no son asuntos que debamos tomar a la ligera.

 

La necesidad de la Revelación

En las dos primeras partes de esta serie de artículos, hemos buscado juntos la respuesta a dos grandes interrogantes:  ¿Quién nos ha creado?  Y: ¿Para qué Dios nos situó aquí?, y concluimos que Dios nos ha creado para servirlo.  Naturalmente, nuestra tercera pregunta será: Si nuestro Creador nos ha colocado aquí para servirlo y adorarlo ¿Cómo debemos hacer esto?

Sin embargo mucha gente cuestionará nuestra afirmación sobre la necesidad de una revelación, y dirán: ¿Para qué la necesitamos?  ¿Es realmente bueno recibir la revelación?  ¿No es mejor servir a Dios como nosotros creamos conveniente?

Para reafirmar la necesidad de la revelación, expondremos los siguientes puntos: En nuestro primer artículo dijimos que este mundo tiene muchas injusticias, y sin embargo, nuestro Señor es Justo, Él no ha establecido una supremacía evidente de la justicia en esta vida, pero sí en la otra.  Además, la justicia requiere cuatro cosas para predominar: una corte (por ejemplo, el día del juicio); un juez, (Evidentemente el Creador); testigos (los hombres, las mujeres, los ángeles) y un libro que exprese claramente la ley por la cual se juzga (la revelación).  Ahora bien, un juicio no sería justo si no se informó a quienes son juzgados durante su vida de la ley que debían seguir; de otra manera, sin revelación, Dios sería injusto al juzgar sin haber hecho previamente descender la ley revelada a quienes juzga, y esta información, debió llegarles mientras actuaban.

¿Para qué es necesaria la revelación?  Sin leyes, las personas no pueden llegar a acuerdos en ningún asunto ¿Cómo podrían llegar a comprender lo que Dios les ha ordenado hacer, entonces?

Segundo, nadie puede escribir un manual de instrucciones tan bien como el fabricante.  Dios es el creador, nosotros la creación, y por lo tanto nadie puede conocer lo que se espera de nosotros, más que el Creador.  ¿Acaso están los empleados capacitados para informarse a sí mismos de su trabajo, de qué y cómo deben cumplir sus tareas?  ¿Acaso todos los ciudadanos están capacitados para escribir sus propias leyes?  ¿No?  Pues bien, ¿Por qué creeríamos que estamos capacitados para escribir nuestra propia religión?  La historia nos muestra con claridad lo que ha ocurrido cuando los hombres ceden a seguir sus propios caprichos.

¿Cuantos malos líderes han diseñado sus propias religiones y leyes, sumiéndose ellos y a sus seguidores en el desastre en este mundo y en algo peor en la otra vida?

Pero en definitiva ¿por qué no podemos diseñar nuestra propia religión?  ¿Por qué no podemos establecer nuestras propias leyes trascendentes?  Es evidente que el concepto de lo que es bueno, varía de una persona a otra.  Para unos, es llevar una vida de elevada moral e higiene; para otros es vivir el máximo de libertad posible, prescindiendo de todo freno a sus pasiones.  De la misma manera, la forma en la cual debemos adorar y servir a Dios, no es comprendida igual por todas las personas.

Evidentemente nadie puede ir a comer a un restaurante o a comprar algo a un mercado, y pagar con una divisa diferente a la que acepta el vendedor.

Con la religión ocurre lo mismo.

Si las personas desean que Dios acepte sus actos de adoración y de servicio a Él, deben realizar los actos que Él desea, y estos están detallados en la revelación.

Lo que Dios ordena, es obediencia a la revelación.

Imaginemos que tienes en tu casa varios hijos, que obedecen las reglas de la casa que les has explicado, de pronto un día, uno de ellos reclama que seguirá sus propias reglas, que él ha ideado.  ¿Cómo responderías?

Tal vez lo harías con la frase ¡Agarra tus nuevas reglas, y vete al infierno! Bien, nosotros somos la creación de Dios, vivimos en el universo que Él ha creado, y ha impuesto sus reglas a todo, incluyéndonos a nosotros, de acuerdo a lo que acabamos de razonar… ¿Qué nos dirá Dios si pretendemos dejar de lado sus reglas y reemplazarlas por las normas que inventamos?

Debemos meditar sinceramente estos asuntos.  Debemos reconocer que cada cosa agradable que nos ocurre, es un regalo de nuestro Señor, y un motivo por el cual debemos agradecerle.

¿Acaso no agradecemos a quien nos hace un regalo antes de usar lo que nos ha regalado?

Y aún así, muchas personas disfrutan de los dones que Dios les ha regalado y nunca en toda su vida le dan gracias.

La poetisa inglesa Elizabeth Barrett Browning, habla de lo irónico que resulta el lamento del hombre:

Y los labios dicen a menudo: “Dios nos ha castigado”.

Y nunca dicen “Loado sea Dios que nos dio esto.”

¿Acaso no debemos estar agradecidos por lo que Dios nos da?  ¿No debemos agradecerle ahora y el resto de nuestra vida?  ¿No debemos volvernos a Él?

Deberás reconocer que la respuesta a estas preguntas es “Sí”.

Nadie dotado de entendimiento puede meditar en todo esto sin responder igual.  Pero he aquí un problema, Muchos de ustedes contestaron Sí, sabiendo bien que su corazón no está con la Biblia.  O quizás tu corazón está con la Biblia, pero no completamente.  Tú has aceptado que existe un Creador, has aceptado que le debemos a este Creador adoración y servicio, pero aún no sabemos exactamente cómo lo adoraremos y lo serviremos, desafortunadamente, esto no puede ser respondido en un artículo, estas respuestas requieren todo un libro.

 

Copyright © 2008 Laurence B. Brown.

About the Author:
The author can be contacted at Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo..  He is the author of The First and Final Commandment (Amana Publications) and Bearing True Witness(Dar-us-Salam).  Forthcoming books are a historical thriller, The Eighth Scroll, and a second edition of The First and Final Commandment, rewritten and divided into MisGod’ed and its sequel, God’ed

 

Footnotes:

[1] Dejando de lado el carácter religioso de este artículo un momento, recomendamos leer A Short History of Nearly Everything (Una breve historia de casi todo) de Bill Bryson.

 

 

Leave a comment

You are commenting as guest. Optional login below.