Ana Morales, Puerto Rico

Mi nombre es Ana Morales y soy puertorriqueña. Provengo de una familia de 14 hijos, siendo yo la más pequeña. Prácticamente me crié como hija única, porque todos mis hermanos (8) y hermanas (5) eran mucho mayores que yo. Aunque mi familia no era muy religiosa que digamos, recuerdo haber cursado mis primeros años de escuela en un colegio católico y, si no me equivoco, la primera vez que fui a la iglesia fue el día de la graduación de kindergarden.

A los 9 años de edad nos mudamos a los Estados Unidos, por lo que viví separada de mi padre por algún tiempo. En aquel entonces, una de mis hermanas sufría de unos ataques extraños, por lo que mi madre recurrió a la Santería. Aunque yo era muy pequeña, sabía que eso de la Santería era algo muy malo.

Cuando tenía 11 años de edad regresamos a Puerto Rico, y a los 13 años hice mi primera comunión. Me pareció raro tener que confesar al cura cosas que eran vergonzosas para mí, ya que él me iba a estar viendo cada domingo. Poco después hice mi confirmación; en esta ceremonia hacen que los jóvenes confirmen su afiliación a la iglesia, a la creencia en la trinidad y que Jesús es el hijo de Dios (astagfirullah). Mirando atrás, la iglesia Católica pide mucho de los jóvenes, quienes no tienen mucha experiencia, al celebrar esta ceremonia. Para ese entonces, mi hermana que sufría los ataques anunció que se había convertido a la iglesia Pentecostal. Esto fue un golpe para mí.

De adolescente pertenecí al grupo de jóvenes de la iglesia, tratando de llenar los vacíos que habían en mi vida. Fui víctima de calumnias por parte de mis compañeros de una de las iglesias a las que pertenecía, por lo que vi que no tenía sentido continuar con ellos. En la otra iglesia a la que asistía, le comenté al cura que las chicas del coro vestían inapropiadamente para estar en el altar, y me dijo "Eso es mejor a que no vengan a la iglesia, ¿no crees?". Bueno, había algo de lógica  en eso; pero, ¿en minifaldas y en el altar? eso no iba conmigo.   Yo asistía a la iglesia porque me gustaba y porque era mi deber como católica, pero no estaba de acuerdo con las normas y leyes  de la misma.

Como muchos adolescentes, estuve expuesta a las drogas, el alcohol y el sexo, pero,  Alhamdulillah, fui madura y nunca recurrí a ninguno de ellos. Terminé la escuela superior en el 89 y fui a la universidad sin poder completarla por razones económicas. Completé un curso de Secretaria Bilingüe y trabajé medio tiempo en telemercadeo para ayudarme con mis gastos. A principios del año 91 mi padre fue diagnosticado con un tumor celebrar, falleciendo a los pocos meses (Julio del 91), y así quedamos sólo mi madre y yo.

Yo había dejado mi trabajo y empecé a buscar uno nuevo. Solicité en un y otro lugar, hasta que en uno de ellos me llamaron. Subhan  Al-lah, el plan de  Al-lah para mí empezaba a encaminarse. El día de mi entrevista, en septiembre del año 91, sería la primera vez que conocería a un árabe, palestino y también musulmán. ¡WOW!, él sería mi jefe y mi futuro esposo. ¡¡¡Alhamdulillah!!! En diciembre del 91 nos comprometimos, y en 7 meses nos casamos.

Recuerdo el primer Ramadán que compartimos, yo le prepara el Suhur y el desayuno sin interesarme en saber por qué él ayunaba. Lo observaba haciendo sus oraciones y, como él no me hablaba del Islam, yo no tenía interés en el asunto. Una que otra vez le hice preguntas, y recuerdo que una de ellas fue: "¿Por qué el Corán es el último y único libro que uno debe seguir?" Me contestó: "En una empresa, cuando viene un nuevo jefe y pasa un memorandum con nuevas y mejoradas reglas de trabajo, ¿te dejarías llevar por lo que el viejo jefe había estipulado? No, ¿verdad?"

Después de 5 años de casados, nos mudamos a Palestina. ¡Wow! ¡La tierra de leche y miel!. Bueno, hoy en día es más bien la tierra de odio y sangre por culpa de los sionistas israelíes. Que  Al-lah nos libre de ellos. El cambio fue drástico para mí: la gente, la comida y el idioma, sobre todo el idioma. Poco a poco me acostumbré y aprendí lo básico del idioma. Alrededor del 2004 comencé a sentirme agobiada. Yo había abandonado mi vida religiosa, ya no era católica y tampoco era musulmana. Entonces comencé a pedirle a Dios que me guiara por el camino correcto. Después de algún tiempo me puse rebelde y le reclamé a Dios que se había olvidado de mí (astagfirullah). En el verano del 2004 envié a mis niñas a un campamento religioso, conocí a la directora del campamento (in sha Al-lah,  Al-lah le reserve un gran Palacio en el Paraíso) y ella me invitó a unas charlas religiosas a las que, claro está, yo no asistí. Luego, mi cuñada me regaló una interpretación del Corán en español, la cual me tomó desde el verano hasta Ramadán de ese año para leerlo. Al leerlo, entendí que quien conoce la verdad y no la sigue está mal. Comencé a asistir a las charlas y, como tenía un mal concepto sobre el Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), comencé a leer sobre su vida, y lo que leí me interesó. Busqué más información y continué con las charlas, las hermanas fueron buenas, pacientes y sinceras, nunca nadie me obligó a ser musulmana. Las charlas me ayudaron a que mi amor por el Islam y el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) crecieran dentro de mí.

En casa discutía las charlas con mi familia, y mi esposo me decía que a veces yo sabía cosas que él no sabía.  En poco tiempo comencé a sentir cambios, decía “bismillah” antes de comenzar cualquier tarea y vestía de manga larga; y en una ocasión que fui a comprar un vestido para la boda de la hija de mi esposo, no encontraba nada que me gustara, así que decidí comprar una Abaya, la cual sería la primera de mi nuevo guardarropas.

El día 12 de Julio del 2005 declaré mi Shahada (testimonio de fe) frente a mis esposo, e hice mi primer Salat (oración). Desde entonces visto Hiyab y cumplo con mis oraciones, ayunos de Ramadán y otros deberes religiosos.

La paz y tolerancia que tengo hoy siendo musulmana, no las habría alcanzado nunca fuera del Islam. 

Ashhadu an la ilaha illa  Al-lah u ashhadu anna Mohammad rasulu  Al-lah.

Fuente: islamweb.net

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